Cinco consejos para defender el medioambiente sin ser un marginal

Por Aldo de Althaus Garrido-Lecca, columnista

Tengo sentimientos encontrados con la mocosita esta… ¿cómo se llama? ¿Gretel? Ah, no; Greta. Greta Thunberg. Bueno, es un poco difícil memorizar el nombre de una sueca que no se llame Agnetha o que no haya protagonizado una porno setentera, de esas que Suecia producía cuando las enfermedades venéreas todavía se curaban solo con penicilina. Volviendo a Gretel… perdón, a Greta, decía que tengo sentimientos encontrados porque, bueno, es sueca, o sea, primer mundista, y castañita, o sea que, aunque clasemediera, de todas maneras tiene un plus racial. Porque digamos, aquí en Perú la “máxima” revoltosa es “Máxima” Acuña y la verdad es que, personalmente, yo no distingo muy bien entre ella y la Paisana Jacinta. Es decir que, pese a todo, Gretel es representante de nuestra raza blanca inmaculada.

Pero bueno… lo que me jode bastante es que esta muchachita, que será muy sueca y todo, pero a estas alturas de su vida, con 16 años, debería estar más preocupada por su apariencia y por aprender labores domésticas para atender a su futuro esposo, haya sido víctima de los comunistas. Porque, aquí entre nos, siendo sinceros, una adolescente normal no tiene mayor preocupación que maquillarse los granos y evitar que se le note la sangrecita debajo de la minifalda una vez al mes. No, esto es obviamente un lavado de cerebro de los comunistas.

Aunque claro, por otro lado, también está muy de moda eso de ser amigablemente ecológico (a mí me chupa un huevo toda esa mariconada ambientalista, pero qué se va a hacer si hasta los chibolos del San Silvestre y del Markham están con esa onda), y lo cierto es que, si no cuidamos el planeta, al final, vamos a tener una crisis migratoria de la conchesumare y terminaremos teniendo haitianos o, peor aún, senegaleses trabajando de meseros en el Swissotel. Y yo aún no estoy preparado para que, en pleno almuerzo de negocios, la comida me la sirva un negro.

Así que creo que es mi obligación, como líder de opinión, brindar unos consejos que considero sabios para ser un buen ambientalista sin caer en mariconadas ni en cochinadas como el ecofeminismo o eso de defender los derechos de los indios.

  1. Querer a la naturaleza (pero sin exagerar)

Ahora que está de moda “amar a la naturaleza”, no sería raro que a los maricones y las chitos les dé por crear una nueva identidad de género. ¿Se imaginan cómo sería si se pusiera de moda ser “ecosexuales” (que existen, para que vean lo cagada que anda la humanidad)? Ya mismo me imagino a esta gente exigiendo matrimonio igualitario para casarse con árboles o con algún animalito en peligro de extinción. Porque los desviados sexuales son campeones para convertir en derechos humanos sus porquerías y bueno, si ya se casan entre gente del mismo sexo solo falta que le juren amor eterno y le chupen el pito a un koala y, pa’ concha, que eso sea legal.

No podemos negar que a la naturaleza hay que quererla, sí, pero así como se quiere al servicio doméstico. O sea, cada uno en su sitio: uno en la parte decente de la mansión y el resto de la cocina para afuera. Y claro, de vez en cuando se puede descender mo-men-tá-ne-a-mente de clase social para darle huevo a la cholita esa que no me acuerdo su nombre, pero qué bien que se mueve considerando que tiene DNI amarillo.

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