[Perritorial] – A propósito de las elecciones del 26 de enero


Cuando Vizcarra dejó de ser la cuota provinciana de la turba PPKausa y cobró protagonismo político al cerrar el Congreso, el Perú sintió un alivio brutal (así como cuando vas al baño apurado después de aguantarte los pedos en medio de una reunión, tal cual). Sentimos que nos habíamos librado de la lacra aprofujimorista que tenía cooptado el poder legislativo, y que habíamos dado un paso gigante camino al progreso.

(Nosotros tampoco sabemos qué significa “cooptar”, pero nos pareció bonito ponerlo en ese párrafo).

Sin embargo, de cara a las próximas elecciones, esa sensación como de haber cagado satisfactoriamente se convierte en un nuevo dolor de estómago ocasionado por el pánico de volver a cagarla como en el 2016, pues realmente no hay casi nada de dónde elegir para votar en las congresales del 26 de enero.

Pero analicemos esta situación más allá de lo coyuntural, pues no se trata solo de no tener políticos decentes para llevar al Congreso en esta oportunidad. Se trata de que tampoco los tuvimos en el 2016 y, mucho menos, los tendremos en el 2021.

La derecha, como siempre bruta y achorada, está representada por la misoginia, el machismo, la homofobia, el racismo y el clasismo de Solidaridad Nacional, el APRA y el fujimorismo. La izquierda, por su parte, está representada por la misoginia, el machismo, la homofobia, el racismo y el clasismo de partiduchos como el de Vladimir Cerrón, eventual aliado de Verónika Mendoza (en una movida que no nos explicamos ni con ecuaciones cuánticas). En el medio hay de todo: aliados del narcotráfico, apañadores de la violencia de género, conservadores en ácidos, izquierdistas católicos que sufren por el pueblo desde el living room de su dúplex, corruptos que escaparon por poco de la justicia, procesados por diversos delitos, feministas abiertamente clasistas y TERF, etc.

Los académicos peruanos, ahora que aprendieron a usar las redes sociales, hablan y repiten una y otra vez, cual coro de villancico, que vivimos una crisis de partidos políticos, y que sin estos no se puede dar forma a una estructura que nos permita plantear reformas favorables al país ni darles continuidad. Claro, esto es cierto si consideramos que el sistema democrático en que vivimos es el ideal.

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